Grime 2 retoma la base establecida por su predecesor y la expande con una propuesta más ambiciosa, tanto en escala como en complejidad. Enmarcado dentro del ya consolidado terreno de los metroidvania con influencias soulslike, el título de Clover Bite vuelve a apostar por una experiencia exigente, oscura y profundamente metódica, pero esta vez con una identidad artística aún más marcada. Si en el primer juego los elementos abstractos eran un rasgo distintivo, aquí se convierten directamente en el eje conceptual que articula tanto la narrativa como las mecánicas.

El mundo de Grime 2 se construye como una especie de lienzo vivo moldeado por entidades conocidas como los “Fragili”, artistas capaces de dar forma a la realidad y a sus criaturas. En este contexto, el jugador encarna a un “Senzaforma”, un ser capaz de absorber la esencia de los enemigos derrotados, incorporando tanto habilidades como invocaciones a su repertorio. Esta mecánica, que recuerda a ciertos sistemas clásicos del género, se integra con naturalidad en un diseño que mezcla combate, exploración y progresión de habilidades, ofreciendo múltiples formas de encarar los enfrentamientos.

Durante las primeras horas, el juego logra un equilibrio muy sólido entre desafío, ritmo e introducción de sistemas. La progresión es clara, el diseño de niveles resulta estimulante y el mundo invita a la exploración constante gracias a su variedad visual y a un elenco de personajes interesante, pese a su enfoque narrativo minimalista. Es en esta fase inicial donde Grime 2 muestra su mejor cara, combinando creatividad estética con una jugabilidad bien medida. Sin embargo, a medida que la estructura se abre y el juego adopta una forma más tradicional de metroidvania, aparecen algunas fisuras.

La segunda mitad de la aventura, más extensa y exigente, pierde parte de la frescura inicial. Los escenarios tienden a volverse más homogéneos, con predominio de entornos subterráneos oscuros y menos variedad visual, mientras que la dificultad aumenta de forma considerable. Los enemigos se vuelven más resistentes, los recursos más escasos y los puntos de control más distantes, lo que puede derivar en tramos repetitivos y cierta fatiga. El diseño de niveles, no obstante, mantiene momentos destacables, especialmente en las secciones de plataformas más exigentes.

Estas pruebas, que combinan habilidades adquiridas a lo largo de la partida, funcionan como auténticos retos de precisión y reflejos, reforzados por unos controles generalmente responsivos. Aun así, algunas secuencias pueden resultar excesivamente punitivas, rozando lo frustrante. Los combates, y en particular los enfrentamientos contra jefes, se consolidan como uno de los puntos más fuertes del juego. Se trata de batallas complejas, con múltiples fases y patrones que exigen aprendizaje constante. Aunque en ocasiones pueden pecar de imprevisibles, la sensación de progreso tras cada intento fallido está bien lograda.

Donde el juego encuentra mayores problemas es en su sistema de progresión. La economía de recursos resulta restrictiva, dificultando la mejora de armas y limitando el acceso a una parte importante del arsenal. Esta decisión choca con la aparente libertad que propone el título, obligando al jugador a especializarse de forma temprana y reduciendo la experimentación. A esto se suma una gestión desigual de estadísticas, donde algunas decisiones no pueden revertirse con la misma flexibilidad que otras, generando cierta frustración. En el apartado audiovisual, Grime 2 destaca por su dirección artística, con escenarios de gran impacto visual y diseños originales que refuerzan su identidad abstracta.
No obstante, el abuso de tonos oscuros y la falta de contraste en ciertos tramos terminan afectando la claridad visual y la variedad estética. A nivel técnico, el rendimiento en PlayStation 5 es mayormente estable, aunque presenta algunos problemas puntuales como caídas de rendimiento, tiempos de carga irregulares y errores menores que, si bien no arruinan la experiencia, sí evidencian cierta falta de pulido.
