Cooking Simulator 2: Better Together toma la fórmula del primer juego y la lleva hacia una experiencia mucho más centrada en la gestión de un restaurante y, especialmente, en el trabajo cooperativo. La idea resulta lógica: ya no se trata únicamente de sobrevivir al caos de una cocina en solitario, sino de organizarse, repartir responsabilidades y conseguir que todo funcione cuando los clientes empiezan a llegar. El problema es que, en ese intento por hacer la experiencia más accesible y estructurada, parte de la espontaneidad y el caos que caracterizaban al original parecen haberse perdido por el camino. El funcionamiento de una jornada es bastante sencillo de entender, aunque dominarlo requiere mucha más atención. Primero debemos preparar el menú y decidir qué platos queremos ofrecer, después comprar los ingredientes necesarios, recibir y organizar los suministros y, finalmente, preparar la cocina antes de abrir las puertas. Una vez comienza el servicio, los pedidos empiezan a acumularse y cada segundo cuenta. Cocinar, emplatar y entregar los platos mientras controlamos el resto de la cocina puede convertirse rápidamente en un auténtico caos.

Y precisamente ahí aparece una de las mejores ideas de Better Together: la cooperación. Cuando juegan varias personas, cada una puede asumir una función distinta. Uno puede encargarse de preparar ingredientes, otro de cocinar y otro de controlar los pedidos y servir los platos. Dividir correctamente las tareas hace que una cocina que parece imposible de manejar en solitario pueda funcionar con bastante fluidez. Cuando todos están coordinados y el servicio sale perfecto, la sensación de satisfacción es considerable. La simulación también tiene bastante profundidad. Las recetas no consisten simplemente en pulsar un botón y esperar. Hay que prestar atención a temperaturas, tiempos de cocción, cantidades de condimentos, frescura de los ingredientes y presentación. Incluso el tipo de corte puede modificar el proceso, mientras que el sistema de sabores contempla características como salado, picante, amargo, ácido, umami, graso y dulce. Esto obliga a entender poco a poco cómo interactúan los diferentes ingredientes y permite experimentar más allá de las recetas predeterminadas.

Una de las características más interesantes es precisamente la posibilidad de crear nuestros propios platos. Podemos partir de recetas existentes y modificarlas, cambiar ingredientes, experimentar con diferentes técnicas y buscar combinaciones que se adapten a nuestros clientes. Esto le da al juego una faceta creativa que complementa muy bien la parte más estrictamente simuladora y evita que todo se reduzca a seguir instrucciones al pie de la letra. La gestión del restaurante añade otra capa de estrategia. Los ingredientes deben comprarse con antelación y almacenarse correctamente, pero también existe la posibilidad de solicitar entregas urgentes durante el servicio si algo se termina. El problema es que estas entregas tienen un coste adicional que reduce nuestros beneficios. También hay que prestar atención al tipo de clientes que frecuenta el establecimiento, ya que diferentes grupos pueden tener preferencias gastronómicas distintas. Por lo tanto, construir un menú adecuado puede ser tan importante como saber cocinar.

El sistema de progresión complementa todo esto mediante experiencia, reputación, habilidades y ventajas. A medida que avanzamos podemos desbloquear mejoras relacionadas tanto con la cocina como con la gestión, desde transportar más platos hasta disponer de más herramientas o reducir determinados costes. Es una progresión sencilla, pero ayuda a que cada jornada tenga un propósito y evita que la experiencia se estanque en simplemente preparar comida una y otra vez. Sin embargo, precisamente toda esta profundidad puede convertirse en una barrera para los jugadores nuevos. Algunas recetas tienen bastantes pasos y, aunque el juego muestra las instrucciones, durante las primeras horas es fácil sentirse abrumado. Además, hay momentos en los que resulta difícil saber si hemos cometido un error nosotros o si algún elemento simplemente no está funcionando como debería. Esa incertidumbre es especialmente molesta en un juego donde aprender los procedimientos debería formar parte de la diversión.

También hay tareas que han sido simplificadas respecto al primer Cooking Simulator. Algunas acciones, como cortar determinados ingredientes, ya no requieren el mismo nivel de precisión manual, sino que se selecciona el tipo de corte y se ejecuta mediante controles más sencillos. Esto hace que ciertas labores sean menos pesadas y facilita el ritmo general, aunque también elimina parte de la interacción que hacía tan particular al original. En el apartado técnico tampoco todo está completamente pulido. Hay pequeños problemas de interacción, objetos que en ocasiones no se colocan exactamente donde queremos y situaciones en las que manipular elementos de la cocina puede resultar incómodo. A esto se suman algunos errores visuales, comportamientos extraños y problemas de rendimiento ocasionales. No son constantes, pero en una experiencia basada en la precisión y la velocidad pueden romper bastante el ritmo cuando aparecen en el peor momento posible.

Visualmente, en cambio, el resultado es bastante sólido. Los ingredientes tienen buen nivel de detalle, las preparaciones resultan atractivas y elementos como el aceite al freír o el calor del horno ayudan a transmitir la sensación de estar realmente trabajando en una cocina. Los diferentes espacios también pueden mejorarse y personalizarse, haciendo que la evolución del restaurante sea visible más allá de los números y las estadísticas. El sonido cumple correctamente con su función. Los ventiladores, hornos, temporizadores, utensilios, cortes y demás sonidos ambientales construyen una atmósfera de cocina bastante convincente sin convertirse en una distracción. La música tiene mayor presencia en los menús, pero durante las jornadas pasa a un segundo plano. No es precisamente una banda sonora memorable, aunque tampoco necesita serlo para que la experiencia funcione.
Cooking Simulator 2: Better Together tiene buenas ideas y suficientes sistemas para ofrecer muchas horas de entretenimiento, especialmente cuando se juega con amigos. La cooperación, la creación de recetas, la gestión del inventario, la preparación previa y la presión durante el servicio generan un ritmo muy agradable cuando todo funciona como debería. El problema es que todavía se percibe cierta falta de cohesión entre sus diferentes elementos y algunos sistemas parecen necesitar más refinamiento. Es una secuela que intenta ser más accesible y estructurada, pero que en ese proceso sacrifica parte del caos espontáneo que hacía especial al primer juego. Para algunos jugadores esto será una evolución natural; para otros, puede sentirse como una experiencia que ha perdido algo de personalidad. Aun así, la profundidad de sus sistemas culinarios, las posibilidades de personalización y, sobre todo, el cooperativo consiguen sostener una propuesta bastante entretenida.
