Styx: Blades of Greed Review

Styx: Blades of Greed retoma la historia exactamente donde terminó su entrega anterior, sin ofrecer un contexto claro para quienes se acercan por primera vez a la saga. Esta decisión narrativa genera una sensación inicial de desconcierto, ya que se asume que el jugador conoce los acontecimientos previos. A esto se suma un cambio notable en la personalidad del protagonista: el goblin sarcástico y burlón que solía romper la cuarta pared se muestra ahora mucho más callado y apagado, perdiendo buena parte del carisma que lo hacía memorable.

El conflicto central gira en torno al cuarzo, un mineral con propiedades especiales que Styx busca absorber mientras se desarrolla, en segundo plano, una lucha entre humanos colonizadores y orcos desplazados de sus tierras. Aunque este trasfondo prometía reflexiones interesantes sobre dominación y resistencia, el juego lo utiliza apenas como excusa para encadenar misiones. La narrativa se percibe ligera y funcional, más preocupada por justificar el recorrido entre escenarios que por construir un relato sólido. El resultado es una aventura extensa, dividida en varios actos, que se apoya más en su estructura jugable que en su historia.

Donde el título logra sostenerse con mayor firmeza es en su propuesta de sigilo. La experiencia está diseñada bajo una regla clara: evitar el combate directo y moverse entre sombras. Styx cuenta con habilidades clásicas como invisibilidad temporal y control mental, además de un sistema de creación de herramientas que incluye dardos venenosos y trampas corrosivas. El entorno se convierte en un aliado constante gracias a su verticalidad, con salientes, escondites improvisados y rutas alternativas que fomentan la exploración cuidadosa. El enfrentamiento abierto casi siempre conduce al fracaso. El protagonista es frágil y apenas resiste unos pocos golpes, por lo que cuando es rodeado por varios enemigos la única opción real es huir.

Incluso en duelos individuales, el combate resulta limitado y dependiente de esquivas precisas, reforzando la idea de que el sigilo no es una opción, sino una obligación. El mayor logro del juego está en su diseño de niveles. Las áreas principales son amplias, con una estructura vertical compleja que recuerda a una progresión de tipo metroidvania. A medida que se avanza se desbloquean nuevas herramientas, como un gancho para escalar y un planeador que permite desplazarse aprovechando las corrientes de aire.

Estas habilidades no solo amplían la movilidad, sino que también incentivan el regreso a zonas ya visitadas para descubrir rutas ocultas y cumplir encargos secundarios. A nivel técnico, el apartado visual resulta llamativo gracias a un sistema de iluminación dinámica que no es solo decorativo. La luz y la sombra influyen directamente en la jugabilidad, ya que apagar antorchas o velas puede crear nuevas zonas seguras para ocultarse. Sin embargo, este atractivo se ve empañado por uno de los problemas más serios del conjunto: la inteligencia artificial enemiga.

Las guardias reaccionan de forma torpe y poco creíble. Su estado de alerta dura apenas unos segundos y regresan rápidamente a sus rutinas, incluso después de presenciar situaciones sospechosas. En varios momentos es posible eliminar a un enemigo frente a otro sin que este último reaccione adecuadamente. Este comportamiento rompe la tensión que debería caracterizar a un juego de sigilo y afecta directamente a la inmersión, uno de los pilares fundamentales del género.

VEREDICTO
Styx: Blades of Greed ofrece una experiencia sólida en términos de exploración y diseño de niveles, con una jugabilidad centrada correctamente en el sigilo y la movilidad. No obstante, su narrativa débil, la pérdida de personalidad del protagonista y una inteligencia artificial poco convincente impiden que alcance el nivel que su planteamiento promete. Es un título disfrutable para quienes buscan una aventura de infiltración con grandes escenarios, pero deja la sensación de que podría haber sido mucho más ambicioso.
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