Dying Light: The Beast Review

Hace diez años, Techland sorprendió al mundo con Dying Light, uno de los mejores juegos de zombies en mundo abierto. Harran, ciudad inspirada en Estambul, las favelas brasileñas y el centro de Wrocław, se grabó en la memoria de millones de jugadores, y muchos todavía regresan regularmente a este lugar peligroso pero fascinante. Tras un secuela sólida, aunque algo inferior, la compañía regresa ahora con Dying Light: The Beast, una entrega que combina la esencia del título original con mecánicas heredadas de Dying Light 2: Stay Human, creando una experiencia híbrida que apela tanto a veteranos como a nuevos jugadores.

Lo primero que llama la atención es el regreso de Kyle Crane, el protagonista de la primera entrega, quien se ve atrapado en las garras del Baron, un genio narcisista de la virología. Después de trece años como sujeto de experimentos Alfa, Crane debe escapar de las instalaciones del villano con la ayuda de Olivia, su guía en este mundo devastado. La narrativa se despliega con cortes de cámara dinámicos que aumentan la inmersión, y aunque el hilo principal puede completarse en unas diez horas, explorar cada rincón de Castor Woods puede triplicar ese tiempo.

El gameplay mantiene la identidad de la serie: parkour, exploración y combate táctico. Kyle adquiere la habilidad de transformarse temporalmente en una Bestia, inspirada en las quimeras del juego, lo que agrega un nuevo nivel estratégico. Esta transformación tiene un límite temporal y se potencia con muestras de sangre obtenidas de enemigos especiales. Además, el ciclo día-noche sigue siendo crucial: los zombies se vuelven más agresivos y peligrosos al caer la noche, y los “Przemieńcy”, primates espectrales del universo, acechan incansablemente.

Castor Woods es un mundo amplio que combina paisajes urbanos, bosques y montañas, y ofrece vehículos para recorrerlo, en un guiño al DLC original The Following. La exploración incluye rescates, saqueo de convoyes y encuentros tanto con humanos como con no-muertos. El combate es versátil: podemos enfrentarnos directamente, usar el sigilo o eliminar enemigos de manera metódica, conservando la esencia estratégica de la saga. El loot respawnea, incentivando la exploración constante y la cooperación online, que sigue siendo una opción atractiva para la comunidad.

En lo técnico, The Beast luce y funciona muy bien. Cuenta con dos modos: gráfico y de rendimiento, ambos sólidos. Los entornos están cuidados y la iluminación crea paisajes memorables que recuerdan, por momentos, a Twin Peaks. Las animaciones y el diseño de niveles mantienen la fluidez que caracteriza a la serie, mientras que los fenómenos atmosféricos y el gore alcanzan un nivel notable, aunque no tan extremo como en Dead Island 2.

Sin embargo, no todo es innovación. La fórmula principal de la saga se repite, y más allá de la historia y la transformación en Bestia, la evolución del gameplay es modesta. Esto no impide que el título sea adictivo; de hecho, la exploración y la libertad táctica siguen siendo su mayor fortaleza. Para los fanáticos, Dying Light: The Beast representa una experiencia imprescindible, aunque también es un recordatorio de que la saga podría beneficiarse de un descanso o una renovación profunda.

VEREDICTO
Dying Light: The Beast combina lo mejor de la franquicia: narrativa emocionante, parkour ágil, combate estratégico y mundo abierto inmersivo. No reinventa la rueda, pero ofrece una experiencia sólida, brutal y entretenida que los seguidores de la serie disfrutarán de principio a fin.
8