Deliver At All Costs Review

Ser repartidor no suena precisamente como el trabajo de tus sueños, pero Deliver At All Costs convierte esta labor en una auténtica odisea cargada de humor, caos y desafíos cada vez más insólitos. Durante las primeras horas, la propuesta logra entretener con situaciones absurdas y mecánicas exageradas, pero con el paso del tiempo, ese encanto inicial comienza a desvanecerse. Encarnamos a Winston Green, un joven repartidor que recorre la ciudad en su confiable camioneta de empresa, transportando paquetes que distan mucho de ser convencionales. Desde fuegos artificiales que explotan en pleno trayecto hasta sandías podridas que debes camuflar para no espantar al cliente, las entregas se vuelven cada vez más bizarras. Y aunque rara vez hay límite de tiempo, completar cada misión es un reto, especialmente cuando la física del juego conspira en tu contra.

Las situaciones son tan creativas como ridículas. Habrá que entregar una enorme escultura antes de que las aves la cubran de excremento, evitar que una gigantesca trucha se descontrole alimentándola a tiempo, o lidiar con globos que alteran la gravedad del vehículo. Incluso hay misiones donde recolectas cajas lanzadas desde un avión para destruirlas, o robas paquetes de la competencia en frenéticas persecuciones. Todo está diseñado para que la entrega nunca sea aburrida. Además de las misiones principales, que impulsan una historia algo irregular, hay tareas secundarias opcionales con toques de comedia y referencias escondidas. Algunas requieren bajarte del vehículo, escalar tejados, mover cajas o resolver pequeños acertijos. Cumplirlas otorga planos para mejorar tu camioneta con gadgets como un brazo mecánico, un cabrestante, bolsas de aire, un ralentizador del tiempo o incluso un catapulta.

El mundo del juego está dividido en zonas que incluyen barrios urbanos y áreas rurales, y puedes conducir casi cualquier vehículo que encuentres… si es que logras robártelo. Sin embargo, la mayoría de misiones exige que uses tu auto oficial, cuya conducción es deliberadamente torpe y exagerada, lo que genera momentos caóticos y divertidos. Afortunadamente, puedes reparar ruedas gratis cuando las cosas se ponen feas, y si tu vehículo explota, se hunde o queda irreparable, simplemente se reinicia cerca de ti, como nuevo. También puedes invocarlo en cualquier momento desde una cabina telefónica, lo cual resulta útil si viajas rápido en tren o bote a otra región. El juego no penaliza la muerte. Winston puede caer desde lo alto de un edificio y levantarse como si nada (aunque con un golpe en las rodillas que duele solo de verlo). Tampoco los peatones sufren consecuencias al ser atropellados: apenas se molestan, te persiguen un rato y, si logran alcanzarte, te sueltan un puñetazo. Todo forma parte del tono caricaturesco del juego.

La destrucción del entorno es, sin duda, uno de los aspectos más divertidos. Puedes arrasar con postes, cercas, jardines, autos, fachadas e incluso derribar puentes completos. Los árboles pequeños se caen, y los grandes pierden hojas al contacto. Eso sí, todo esto ocurre sin mayor consecuencia: la policía apenas reacciona, y solo en raras ocasiones te perseguirá un patrullero, aunque hayas dejado media ciudad en ruinas. Lamentablemente, el mayor tropiezo del juego es su historia. Aunque cuenta con escenas dobladas y diálogos elaborados, el relato es plano y carente de gracia. Comienza con un tono serio que no encaja con el resto del juego, y hacia el final se convierte en un enredo surrealista con toques de ciencia ficción que rozan lo absurdo. Las misiones finales siguen siendo creativas, pero el tono se vuelve tan oscuro y extraño que puede agotar al jugador. Lo que al principio era entretenimiento puro, se convierte en una experiencia irregular que posiblemente termines solo por curiosidad de ver cómo acaba.

Desde el punto de vista técnico, Deliver At All Costs adopta una perspectiva isométrica al estilo de los clásicos GTA, con un diseño artístico bien logrado para representar distintas épocas y regiones, comenzando en una ciudad llamada St. Monique ambientada en 1959. A pesar de ciertos detalles cuidados, gráficamente queda por debajo de títulos recientes con enfoques similares. Las opciones gráficas son limitadas y no se puede rotar el terreno, lo que a veces complica la visibilidad, aunque se ofrecen dos ángulos alternativos. La interfaz tiene un toque simpático, con mapas dibujados a mano, listas de tareas tachadas y menús decorados como si estuvieran hechos a lápiz. La música dinámica y juguetona acompaña bien el tono desenfadado del juego.

VEREDICTO
5