La saga Katamari Damacy ha sido, durante años, un ejemplo de cómo revivir clásicos sin perder su esencia. Hasta ahora, las entregas habían optado por reciclar de manera notable los contenidos de los primeros juegos de PlayStation 2, con remasters que llegaron a esta generación y fueron bien recibidos. Sin embargo, Once Upon a Katamari marca un paso distinto: por fin Bandai Namco arriesga un poco más y nos ofrece contenido completamente nuevo, con mecánicas frescas y escenarios inéditos, dejando claro que la serie puede evolucionar sin necesidad de reinventarse por completo.

La esencia sigue intacta. La premisa sigue siendo simple y absurda: el todopoderoso Rey del Cosmos, jugando a ser creador, borra la Tierra y envía al Príncipe —nuestro avatar— a través de diferentes épocas para recolectar objetos que permitan restaurarla. Visitamos desde la Edad de Bronce hasta la antigua Grecia y Egipto, pasando por el Japón samurái y el Salvaje Oeste, acompañados de breves escenas cómicas que añaden contexto sin complicar la jugabilidad. Pero al final, el objetivo sigue siendo el mismo: rodar la esfera Katamari y recoger todo lo que sea más pequeño que ella.

Lo que cambia son los desafíos y la progresión. Hay más variedad de objetivos que en entregas anteriores: formar la esfera más grande posible, recolectar cierta cantidad de objetos, agrupar elementos de un tipo específico o alcanzar un tamaño exacto. Además, se incorporó la mecánica de las coronas del Rey del Cosmos: tres por nivel que debemos recolectar para desbloquear nuevas épocas. Los requisitos son bajos, por lo que la experiencia nunca se siente forzada, aunque es cierto que al completar un nivel el juego nos obliga a avanzar a la siguiente era, lo que puede resultar un poco tedioso para quienes prefieren explorar a su ritmo.

En cuanto a la jugabilidad, Once Upon a Katamari añade pequeñas pero útiles mejoras. La inclusión de un sprint simplificado y potenciadores temporales como aumento de velocidad o magnetismo hacia los objetos hacen la experiencia más cómoda sin trivializarla. También hay radar para localizar objetos y un nuevo sistema de música completamente regrabado: una mezcla de pop japonés y otros estilos que encaja perfectamente con el tono excéntrico del juego. Visualmente, el título mantiene el estilo clásico, con la ventaja de que en PS5 se disfruta en 60 fps y alta resolución, aunque la cámara sigue siendo un poco limitada, especialmente al acercarnos demasiado a la esfera o usar los modos alternativos de visión.
Los pequeños problemas de precisión y la ocasional pérdida de fluidez no opacan la diversión. La verdadera fuerza de Once Upon a Katamari radica en su rejugabilidad y en la sensación de placer absurdo que genera con cada rodada. El modo multijugador para hasta cuatro personas, tanto local como en línea, añade más motivos para volver a jugar.
